El lenguaje cromático de Samuel Rojas
- Luis Fernando Reyes

- 27 nov 2025
- 2 Min. de lectura
La abstracción como revelación
En la pintura de Samuel Rojas, el color no es un adorno ni una forma: es un lenguaje espiritual. Cada lienzo se convierte en un territorio donde la luz respira y el silencio se vuelve visible. Su estilo abstracto es una exploración de la energía que habita en la materia, una búsqueda del equilibrio entre el vacío y la presencia.
Rojas trabaja con óleos y veladuras superpuestas, construyendo profundidad a través de capas que filtran la luz. En su obra, el color vibra como si emergiera del fondo del tiempo, evocando emociones que no necesitan palabras.

Entre el gesto y la contemplación
El proceso creativo de Samuel Rojas es íntimo, casi ritual. Antes de pintar, observa. No solo el entorno, sino el pulso interno del instante. En su estudio, los pigmentos se mezclan con la luz natural y con los recuerdos del aire.
Cada trazo es una conversación entre el cuerpo y la materia.
La abstracción en su pintura no busca huir de la realidad, sino revelar su esencia. El gesto se convierte en signo, la mancha en respiración, el color en presencia. Rojas logra que el espectador se adentre en un territorio sensorial donde la contemplación se transforma en experiencia.

La alquimia del color y la materia
En sus series recientes como Las Formas del Ser, la técnica alcanza un refinamiento particular. Las veladuras crean transparencias que invitan al ojo a perderse en la profundidad. La materia pictórica parece diluirse en luz, evocando paisajes interiores, atmósferas suspendidas, memorias que flotan.
Su exploración con materiales naturales —como la grana cochinilla y el papel amate— introduce una dimensión ancestral en su trabajo, un vínculo con la tradición artesanal mexicana reinterpretada desde la contemporaneidad.
Un arte que dialoga con el tiempo
Samuel Rojas pinta como quien medita: sin prisa, sin ruido, dejando que la obra se construya por sí misma. En ese diálogo silencioso, el tiempo se disuelve. Sus cuadros invitan a detenerse, a mirar hacia adentro, a escuchar la vibración sutil del color.
Así, su arte no solo representa: revela. No solo muestra: invita. Es una experiencia sensorial y espiritual que conecta la materia con el alma del espectador.


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